viernes, 13 de julio de 2012

Acúsome que...

Ella estaba parada junto al marco de la puerta, con expresión cruda, ojos rojos y saltones, boca dura y dientes impecables, llevaba puesto un vestido verde, hermoso; que bien que le va el verde.

Él en la cama, hundido en las cobijas, ojos grises, mirada parda, cara desvanecida, casi desnudo, en calzoncillos.

Aquella noche eran casi las tres de la mañana, cuando ella estaba parada junto al marco de la puerta, gritaba hasta desgarrarse la garganta, mientras más gritaba ella, él se hundía aun más en la cama, las cobijas tomaron sus brazos, el gran abrazo, subieron por los dedos de sus pies, por las limpias rodillas, la cadera huesuda, la pequeña barriga, el ombligo con pelusa; pero en el pecho justo antes del pecho estaba clavado el cuchillo.

El último grito: ¡No sabes las ganas que tengo de matarte!.

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