Me senté en la silla del Doctor en el consultorio "0". Me pregunto, ¿cuál sera su respuesta o reacción al verme aquí sentada? Yo cordialmente podría decir; disculpe Dr. esta silla me parecía mas cómoda, incluso puedo pararme en cuanto el entre a la habitación o puedo mirarlo fijamente y decirle: "Buenas noches, pase y tomé asiento". Como si yo jugara al papel del médico, ese que no teme, que tiene las respuestas, aquel que brinda tranquilidad al otro que llega en angustia a su puerta. Ese que no teme y que me ha dejado sola en los tres consultorios en los que eh estado. Creo que me siento un poco abandonada, dejada. Te marchas, me quedo; lo último que me dijiste fue: "Anda ponte las pantaletas, porque sin ellas no me escuchas". Tan chistoso.
martes, 24 de abril de 2012
"El Desfile"
Cuando pequeña me gustaba acompañar a mi madre a la carnicería, recuerdo que me recargaba en la barra de azulejo blanco con las juntas pintadas de rojo, la gran tabla y el enorme cuchillo. El carnicero tomaba el trozo de carne y lo azotaba. Y yo estaba allí tan pero tan cerca, y quería estarlo aún mas cuando el carnicero penetraba la res y cortaba como mantequilla los filetes. De pronto olvidaba que eso era carne, se transformaba en no se que cosa. Pasaron los años y la idea de ir a la carnicería ahora me parece repugnante, hasta hace un par de meses que fui invitada al desfile de las reces colgantes, de las manos y patas de pollo, de los huacales y los pellejos.
lunes, 16 de abril de 2012
Caricias
Ganas de morderte, le dijo al oído y ella bajó la mirada: sonrió, quiso hablar de otra cosa, tan cerca de él que más que verlo, lo sintió, su calor, la mezcla de olores que desprendían el cuerpo, el casimir, la loción de maderas; el brazo que le pasaba por la espalda. Intento echarse hacia atrás para mirarle a los ojos, pero él se los cerró a besos y luego le rozó los labios y ella sintió que se ahogaba y que un fluido tibio la envolvía, que la piel comenzaba a arder, la sangre iba a brotarle por los poros mientras él le besaba las mejillas, las orejas, el mentón, la nariz, e ella gemía o ronroneaba bajito, se atragantaba, se humedecía, y él insistía con la barbilla alzándole la cara, besándole los párpados, los labios empurpurados, la nuca, los hombros, murmurando de nuevo "ganas de morderte", o tal vez sólo pensándolo, pero buscando la forma de ganarle el mentón con la nariz, de empujar hacia arriba mientras ella dejaba caer la cabeza como arrastrada por el peso de la cabellera, entreabría los dientes asomaba la lengua, emitía un estertor de gozo, exponía el cuello firme y palpitante y él descendía suavemente, abría la boca, clavaba los largos colmillos, sentía escurrir la sangre, ausente del espejo, tembloroso de amor.
Felipe Garrido
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

