Todos los lunes por las mañanas tomaba un gran balde lleno de tomates y se disponía a pelarlos, sorprendida por formas escondidas debajo de espantosas hojarascas que los recubren, de cuando en vez paraba, solo cuando creía que había encontrado uno perfecto, armoniosamente perfecto, lo observaba detenidamente por unos minutos, atrapada por aquella belleza, luego continuaba. Sentía sus manos, babosas, terregosas, le parecía tan excitante que mas tarde esa misma mañana, de cada mismo Lunes, dudaba en si debía o no lavarse las manos.
miércoles, 18 de enero de 2012
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